El ‘storytelling’ catalán: no todo vale

Enviado el 15 enero, 2016 en Actualidad, Portada | Sin comentarios (aún)

El ‘storytelling’ catalán: no todo vale

Storytelling es una de las palabras de moda. En realidad, es el arte de contar historias de toda la vida, el principal modo en el que se ha transmitido el conocimiento de generación en generación, independientemente de los canales utilizados. Hoy el marketing ha hecho suya la palabra y la ha convertido en una herramienta fundamental: se trata de conectar con los clientes a través de historias que despierten las emociones y vinculen a los usuarios con las marcas.

Los que trabajamos en el mundo de la Comunicación Corporativa usamos el storytelling día a día. Trabajamos para buscar historias que humanicen a nuestras empresas, nos esforzamos por encontrar la cara y los ojos detrás de las cifras, construimos relatos que transmiten nuestra misión, visión y valores. Y sabemos dos cosas. La primera, que no se debe vender humo porque la gente no es tonta. La segunda, que no hay que mentir porque la credibilidad es lo más importante que tenemos: si perdemos la confianza de nuestros stakeholders, estamos perdidos.

Por eso, los que trabajamos con estas reglas no podemos menos que mirar con estupor cuando los políticos, storytellers por excelencia, se las saltan con alegría. Y no me refiero a la manera de construir una historia después de unas elecciones, en las que ya sabemos que de una manera o de otra todos se las arreglan para construir un relato ganador, sino a las mentiras con mayúsculas.

Desde tiempos inmemoriales, los políticos saben que a sus votantes no les basta con oír frías palabras sobre los planes de gobierno. Quieren vibrar con relatos sobre lo que la política puede hacer por ellos, sentirse cerca de su candidato favorito conociendo detalles de su entorno más cercano. Ronald Reagan fue un gran maestro, con la gran escuela que es Hollywood detrás. Bill Clinton y Tony Blair fueron aún más lejos, hasta el punto de creerse sus propias historias aunque no todas fuesen reales. George W.Bush y José María Aznar hicieron un uso un tanto burdo del storytelling, uno con la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak y el segundo, con la atribución a ETA del 11M. Y la realidad es que, una vez que se demuestra que un relato es mentira, la historia no es bondadosa y se vuelve en contra de uno.

En la era de Google, en la que la hemeroteca digital nos devuelve nuestras palabras sin piedad un día tras otro, parece mentira que se mienta (valga la redundancia) con tanta alegría. Aunque no me haga falta salir de Madrid para encontrar ejemplos, estoy pensando en Cataluña, donde se está viviendo un sainete que podría ser la mar de entretenido si no nos jugásemos lo que nos jugamos.

Partiendo del España nos roba (afirmación que no comparten la mayor parte de los fiscalistas), pasando por el Cataluña seguirá en la UE y en la Liga española (se han pronunciado al respecto un sinfín de líderes europeos), sin olvidar aquello de que las urnas demuestran que la mayoría de los catalanes quiere la independencia (¿¿¿47% es mayoría???), el rosario de faltas a la verdad es más bien largo.

Fuera de Cataluña la credibilidad del procès y sus valedores está por los suelos. ¿Y dentro? ¿Es posible que todavía haya gente que se crea todo lo que le dicen? ¿O es que quieren creerlo porque su afán por la independencia es tan grande que consideran que todo vale?

El juego es peligroso: las mentiras, sobre todo cuando son públicas, no suelen traer nada bueno. Y las personas o se cansan hasta de aquellas en las que quiere creer, o de que les tomen sistemáticamente por tontos. Sobre todo en un caso como éste, en el que de lo que estamos hablando es de los sentimientos de una parte importante de los catalanes.

Según la escritora Maya Angelou, que el propio Clinton lanzó a la fama, “la gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo le hiciste sentir”. Hoy hay una parte de los ciudadanos catalanes que vive con ilusión. Ya veremos qué ocurre cuando ésta no sea suficiente. En cualquier caso, el storytelling político sumará una muesca más en su ya maltrecho historial.

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