Quince sugerencias para que la estancia en Sicilia sea inolvidable

Enviado el 29 agosto, 2016 en Actualidad, Portada | 4 comentarios

Quince sugerencias para que la estancia en Sicilia sea inolvidable

Vittoria y Francesco regentan Torre Federico, un palacio del siglo XIX, época en que Palermo brillaba en Europa por su esplendor. El hermano de Francesco, el Conde Alessandro Federico, se ocupa de la gestión de la planta noble, mientras el simpático matrimonio acoge a los huéspedes del B&B en los pisos superiores.

Vittoria me recibe con un “¡eres guapísima!”, que repite varias veces tras darle la enhorabuena a mi marido, con lo que, lógicamente, me gana de inmediato. No tardamos en congeniar y ponernos a charlar, conversación que se prolonga al día siguiente durante un desayuno, en que todo, incluido los suculentos canoli –dulces típicos de Sicilia–, lo ha hecho ella misma.

–La próxima vez que vengáis os invito a mi Pasta alla Norma y a una botella de vino en la terraza–, me dice, tras darme un abrazo de despedida.

Y nos vamos con pena, con ganas de volver a esa zona del mundo conquistada por tantos pueblos desde hace 3.000 años por su privilegiado emplazamiento y su riqueza natural, en la que sus gentes nos han hecho sentir su calidez y hospitalidad de inmediato.

Aquella frase de que el Sur de Italia no tiene nada que ver con el Norte se queda corta cuando se trata de Sicilia. Una vez cruzado el estrecho de Mesina, uno se adentra en un mundo de colores, sabores y sonidos muy alejados de Milán o Génova y que incluso pueden hacer palidecer la experiencia de Nápoles. Comparto con vosotros lo que más me ha llamado la atención de nuestro viaje.

  1. Navegar por las islas Eolias. No hay mejor modo de conocer las famosas Islas Eolias que navegando impulsados por los caprichos de Eolo. La distancia entre una isla y otra es tan manejable, que en menos de tres horas con un viento razonable se va de una a otra. Si encima mi amigo Quique –Enrique Hernansaez de Natura By Noom– es el capitán, el éxito está asegurado.
  2. Dormir fondeado en Estrómboli y tomar un vino en el bar Locanda del Barbablù. Mi favorita es la Isla de Estrómboli. La impresión de ver la Sciara del Fuoco, por dónde bajan casi constantemente ríos de lava, es inigualable, sobre todo por la noche. Por la tarde, cuando se marcha el último ferry con los visitantes del día, es un placer pasear por la isla, tomarse un vino en el Locanda del Barbablù con los veraneantes más chic de la isla (sin hacer de menos a Dolce & Gabanna, que tienen casa allí). Dormir fondeados y mirando las estrellas es el colofón de un día magnífico.
  3. Tomar el water taxi para cenar atún en un restaurante con vistas de Panarea. En Panarea, la isla más pequeña y con las tiendas más bonitas –aunque un poco caras, la verdad–, Salvatore nos alquila una boya –cara también– y nos lleva a tierra en su water taxi. Una vez allí, es una delicia pasear por sus calles sin coches (salvo en pleno agosto, en que las motos y los mini taxis estropean la experiencia) y cenar el atún más fresco en uno de sus restaurantes.
  4. Disfrutar del ambiente familiar de Vulcano y pasear por sus playas de arena negra. En cuanto uno atraca en el puerto de Vulcano –en realidad, cuatro pantalanes–, se da cuenta de inmediato que ha dejado atrás al italiano más chic y sofisticado de Panarea y Estrómboli por un ambiente más familiar. Desde las calles abarrotadas de tiendas para turistas a su más popular disco bar, el ambiente que se disfruta es alegre y desenfadado. Los más tranquilos pueden darse un paseo por la arena negra de sus playas, mientras a los que no les importe sacrificar un bañador se untan con los barros medicinales.
  5. Tomar una malvasía en Salina aspirando el olor a jazmín. Salina es la única isla que tiene agua propia, lo que se nota de inmediato en su vegetación. Las flores crecen por doquier y dejan un aroma a enorme jardín. Tras ver viñedo tras viñedo, lo que te pide el cuerpo es tomar uno de los vinos de la zona. El más popular es dulce y de postre, la Malvasía. Si uno prefiere sabores más amargos, debe elegir el amaro de la zona, que poco tiene que ver con el conocido Amaretto di Saronno.
  6. Atardecer paseando en Filicudi. Al llegar a Filicudi uno se olvida de que las playas del mundo están abarrotadas. La tranquilidad de la pequeña isla, una de las más alejadas del archipiélago, te atrapa de inmediato. Es pequeñita y se recorre con facilidad.
  7. Comprar fruta y verdura en Lipari. Comprar fruta y verdura en cualquier frutería de Lipari –en realidad, de toda Sicilia– es toda una experiencia para los sentidos. Sedosas berenjenas, fragrantes higos, tomates que saben a tomate, albahaca, basílico, prezzemolo… uno se lo compraría todo y en cantidades industriales. La isla más grande de las Eolias merece una visita reposada, que acabe con una cena de pescado del día –nosotros apostamos por un delicioso sargo– en uno de sus múltiples restaurantes.
  8. Tropezarse con una iglesia detrás de otra en Palermo y comer pasta alla norma en Catania. El esplendor que vivió Palermo en otro tiempo está muy presente desde que uno pisa la capital siciliana. Monumentales iglesias barrocas conviven con los deteriorados edificios en los que no es difícil imaginar la riqueza de otros tiempos. Esa belleza decadente, unida a la hospitalidad de su gente, hace de Palermo un lugar inolvidable. Si uno además remata con una comida en una trattoria familiar en la que la pasta, el pescado fresco y los antipasti saben a cocina de vera mamma, como en Zia Pina, le quedarán recuerdos para todos los sentidos. Lo dicho sobre Palermo vale, aunque en menor medida, para su hermana pequeña Catania, la segunda ciudad siciliana. Allí es obligado degustar una pasta alla norma –en honor a su ciudadano más ilustre, Bellini, y su ópera Norma– con los mejores y más frescos productos.
  9. Una copa en el Metropole de Taormina. La bella Taormina tiene de principio a fin ese aire de ciudad de recreo que uno espera encontrar en los lugares elegidos por las élites de principios de siglo, cuando eran pocos los que se podían permitir tomarse vacaciones. Sus bellas y escarpadas calles están repletas de tiendas de diseñadores y desde lo más alto –que es mucho– se ve la multitud de piscinas de los hoteles y las exclusivas villas de veraneo. Si uno quiere huir del gentío que sale a pasear tras subir de la playa, en el exclusivo Hotel Metropole encontrará un oasis con vistas a la bahía. Veraneantes italianos vestidos a la última se codean con los pocos lugareños que permanecen allí en verano compartiendo cócteles y champán no precisamente económicos.
  10. El Etna y los pueblos que lo rodean. Yo no llegué a subir al volcán más famoso de Italia –aunque todo el mundo dice que la experiencia merece la pena–, pero sí tuve ocasión de merodear por los pueblos medievales de sus faldas. Mi preferido es Randazzo, que bien merece una parada para pasear por su casco medieval –que sobrevivió a duras penas los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial–y visitar sus bellas iglesias.
  11. La Antigua Grecia en Agrigento. El Valle de los Templos, el lugar más visitado de Sicilia, fue una muy grata sorpresa. A pesar de haber viajado por Grecia y visitado diversas y variadas ruinas a lo largo del mundo, los templos situados al lado de Agrigento sorprenden por su estado de conservación y su belleza. No en vano Akragas fue una de las ciudades más importantes de la Antigua Grecia, muy especial por su privilegiada situación –y vistas– sobre el mar. Aquí se pueden ver algunos de los templos mejor conservados del sur de Europa.
  12. La puesta de sol en la Scala dei Turchi. Una vez visitados los templos, lo ideal es huir de Agrigento, una ciudad moderna y sin personalidad. Una buena opción es acercarse a la famosa piedra blanca en forma de escalera llamada Scala dei Turchi, por haber sido refugio de piratas árabes y turcos. La puesta de sol es de una belleza impactante.
  13. El restaurante La Botte en Cefalú. Cefalú es otro de esos lugares a los que los veraneantes acuden en masa en busca de sol y playa (aunque, una vez visitadas las playas más famosas de Italia, a nadie debería extrañarle que los italianos invadan las españolas). Desde lejos, las vistas del pueblo medieval más famoso de la costa tirrena y la impresionante Rocca invita a tomar carrerilla e ir corriendo. De cerca, su puerto de pescadores y sus callecitas y plazas están llenas de encanto, siempre que se obvien las hordas de turistas, en su mayor parte de la propia Sicilia. Merece la pena comer en el pequeño restaurante La Botte, famoso por la frescura de su pescado y su pasta con sabor familiar. El risotto es excelente.
  14. Tomar un café en un bar de Corleone y ver su museo de la Mafia. A mitad de camino entre Agrigento y Palermo se encuentra el famoso Corleone, inmortalizado por Francis Ford Coppola y el más famoso de sus personajes, Vito Corleone. Se trata de un lugar curioso, que pugna en su día a día por desprenderse de ese tufo mafioso que le ha llevado incluso a disolver el ayuntamiento este verano y a contar con un interesante museo sobre la Cosa Nostra, mientras aprovecha el turismo coppoliano. Se sea o no fan de El Padrino, merece la pena tomar un café en uno de los barecitos del pueblo, desde los que los más ancianos contemplan la vida pasar, o dejarse caer en la famosa barbería que frecuentaba Don Vito. Como souvenir, el delicioso amaro o más popular limoncello con la impresión de Corleone en la botella.
  15. Las vistas desde el mirador de Enna. También en el centro de la isla, entre Siracusa y Cefalú, destaca Enna. Además de un paseo por el pueblo y sus iglesias, merece la pena parar en la Piazza Vittorio Emmanuele y buscar el mirador. Desde allí, las vistas del Etna son extraordinarias, al igual que las del pueblo de al lado, el bello Calascibetta.

 

En definitiva, la experiencia siciliana en su conjunto es más que recomendable. Ya sea por su riqueza y patrimonio históricos –fenicios, cartagineses, árabes, romanos, griegos, árabes, españoles, franceses… se tomaron la molestia de conquistarla–, la belleza de sus paisajes –el mar, los volcanes, los valles y las montañas se suceden en una eterna yuxtaposición–, los sabores y olores mediterráneos y la simpatía de su gente, la isla merece ser visitada. Si es posible evitar que sea en agosto, mejor que mejor.

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4 Comentarios

  1. Sonia, leyendo tus palabras es como volver allí, evocando todos los sentidos y tomando como sentidos la memoria tanto gráfica como emocional.

    Gracias por las palabras que me tocan y por esos momentos vividos.

    • Si, es un artículo que resume muy bien el viaje. Besos

    • Si, es un artículo que resume muy bien el viaje. Besos

      • Gracias amigos. ¡Se acaba el verano!

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